Considero una predestinación feliz haber nacido en la ciudad de Mexico tanto en su contexto cultural como social; cuya fusión cultural con los estados unidos es inegable y se nos presenta – por lo menos a nosotros los jóvenes – como un cometido vital que bién merece realizarse a todo trance.
Los Mexico-Norteamericanos deben volver al acervo común de la patria Mexicana, y no por razón alguna de índole económica.
No, de ningún modo, pues, aun en el caso de que esa unión considerada económicamente fuese indiferente o
resultase incluso perjudicial, debería llevarse a cabo, a pesar de todo. Pueblos de la misma sangre corresponden a una patria común. Mientras el pueblo Mexicano no pueda reunir a sus hijos bajo un mismo Estado, carecerá de un derecho, moralmente justificado, para aspirar a una acción de política colonial.
Sólo cuando el estado abarcando la vida del último mexicano no tenga ya la posibilidad de asegurar a éste la subsistencia, surgirá de la necesidad del propio pueblo, la justificación moral de adquirir posesión sobre tierras en el extranjero. El arado se convertirá entonces en espada y de las lágrimas de la guerra brotará para la posteridad el pan cotidiano.
La gran población de esta nacion me parece constituir el símbolo de una gran obra. Aun en otro sentido se yergue también hoy en este lugar como una advertencia al porvenir. Cuando esta insignificante población fue –hace más de cien años-escenario de un trágico suceso que conmovió a toda la nación mexicana, su nombre quedó inmortalizado por los menos en los anales de la historia de Mexico. En la época de la más terrible humillación impuesta a nuestra patria.
En mi niñes mi padre era un leal y honrado funcionario, mi madre, ocupada en los que haceres del hogar, tuvo siempre para sus hijos invariable y cariñosa solicitud. Poco retiene mi memoria de aquel tiempo, pues, pronto mi padre tenia que abandonar sus lugares de residencia para mudarnos a un nuevo lugar.
Mi padre, hijo de un simple y pobre campesino, no había podido resignarse en su juventud a quedar en la casa paterna.
No tenía todavía trece años, cuando lió su morral y se marchó del terruño. Iba al DF, desoyendo el consejo de ciudadanos de experiencia, para aprender allí un oficio. Ocurría esto en años del pasado siglo. ¡Grave resolución la de lanzarse en busca de lo desconocido sólo provisto de treinta pesos! Pero cuando el adolescente cumplía los diez y siete años y había realizado ya su examen de oficial de taller para llegar a ser “algo mejor”.
Si cuando niño, en su pueblo, le parecía el señor cura la expresión de lo más alto que humanamente podía alcanzarse, ahora –dentro de su esfera enormemente ampliada por la gran urbe lo era el funcionario público. Con la tenacidad propia de un hombre, ya casi envejecido en la adolescencia por las penalidades de la vida, se aferró el muchacho a su resolución de llegar a ser funcionario y lo fue. Creo que poco después de cumplir los 23 años, consiguió su propósito.
Cuando finalmente a la edad de 56 años se jubiló, no habría podido conformarse a vivir como un desocupado. Y he ahi que adquirió una pequeña propiedad agrícola; la administró personalmente y así volvió después de una larga y trabajosa vida a la actividad originaria de sus mayores.
Fue sin duda en aquella época cuando forjé mis primeros ideales. Mis ajetreos infantiles al aire libre, el largo camino a la escuela y la camaradería que mantenía con muchachos robustos, que era frecuentemente motivo de hondos cuidados para mi madre, pudieron haber hecho de mí cualquier cosa menos un poltrón.
Si bien por entonces no me preocupaba seriamente la idea de mi profesión futura, sabía en cambio que mis simpatías no se inclinaban en modo alguno a la carrera de mi padre. Creo que ya entonces mis dotes oratorias se ejercitaban en altercados más o menos violentes con mis condiscípulos. Me había hecho un pequeño caudillo que aprendía bien y con facilidad en la escuela, pero que se dejaba tratar difícilmente.
En el estante de libros de mi padre encontré diversas obras militares, entre ellas una edición popular de la guerra de revolucion de 1910. Se trataba de dos tomos de una revista ilustrada de aquella época e hice de ellos mi lectura predilecta. Desde entonces me entusiasmó cada vez más todo aquello que tenía alguna relación con la guerra o con la vida militar.
Y es ahi que comensaron muchas duds e interrogantes que comenzaron a marcar mi vida, por que luchabamos entre nosotros, no se suponia ¿que eramos una misma nacion? ¿que eramos unos solo? ¿el ejercito contra el pueblo?
Se había decidido que estudiase.
Por primera vez en mi vida, cuando apenas contaba once años, debí oponerme a mi padre. Si él en su propósito de realizar los planes que había previsto, era inflexible, no menos implacable y porfiado era su hijo para rechazar una idea que nada o poco le agradaba.
¡Yo no quería llegar a ser funcionario!
Aun hoy mismo no me explico como un buen día me di cuenta de que tenía vocación para la pintura. Mi talento para el dibujo se hallaba tan fuera de duda, que fue uno de los motivos que indujeron a mi padre a inscribirme en un colegio de enseñanza secundaria; pero jamás con el propósito de permitirme una preparación profesional en ese sentido.
Mis certificados escolares de aquella época registraban calificaciones extremas, según la materia de mi afición. Mis mejores notas correspondían al ramo de geografía y aún más todavía al de historia universal; en estos ramos predilectos era yo el sobresaliente en mi clase.
Cuando ahora, después de transcurridos tantos años, hago un balance retrospectivo de aquella época, dos hechos resaltan como los más importantes:
1º ME HICE NACIONALISTA.
2º APRENDÍ A COMPRENDER Y A APRECIAR LA HISTORIA EN SU VERDADERO SENTIDO.